Di Magrimento nació como un taller de dirección de arte en Ciudad de México, no como agencia. Trabajamos pocos proyectos a la vez y los llevamos hasta la imprenta: revisamos papel, tinta y registro antes de entregar archivos finales. Nos interesan las marcas independientes que aún pueden decidir cómo se ven, editoriales chicas que cuidan el lomo de un libro y proyectos culturales que no caben en una plantilla. Antes de proponer un logotipo preferimos entender el contexto: dónde se va a imprimir, quién lo va a leer, con qué presupuesto se produce. Esa parte del proceso no se ve en el portafolio, pero define el resultado.
Di Magrimento no nació con un plan de negocios, sino con la costumbre de guardar pruebas de impresión fallidas. Esas hojas con registro corrido y bermellón apagado terminaron definiendo cómo trabajamos hoy: nada sale del estudio sin haberse visto sobre papel.
Empezamos con tarjetas y menús para cafeterías de barrio en la Ciudad de México. Aprendimos ahí que un logotipo bonito no sostiene una marca si el proveedor de imprenta no entiende el archivo. Desde entonces cada entrega incluye especificaciones de sustrato, tinta y acabado, no solo el diseño.
Cuando llegaron los primeros encargos de portadas para editoriales pequeñas, el estudio cambió de ritmo. Trabajar una colección de tres volúmenes obligó a pensar en familias tipográficas, jerarquías fijas y variaciones cromáticas que funcionaran juntas sin repetirse. Ahí se consolidó el interés por el branding editorial.
Hoy cada proyecto arranca con investigación de contexto, sigue con pruebas de impresión sobre papel mate y cierra con un manual de marca en PDF, AI y SVG. No es una fórmula rígida, pero sí un orden que evita retrabajos y que permite que un despacho de arquitectura y una marca de café reciban el mismo cuidado.
Seguimos ajustando la manera de acompañar a proyectos culturales con presupuestos acotados, porque ahí es donde el diseño bien hecho rinde más. La conversación inicial sigue siendo la misma: entender qué necesita la marca antes de proponer cualquier trazo.
Cronología del estudio
El estudio abrió con dos mesas de luz, una guillotina manual y un encargo pequeño: la identidad de una librería de usados sobre Álvaro Obregón. Ese proyecto fijó la costumbre de probar cada tinta antes de cerrar una paleta. Los primeros meses se trabajó casi solo en papelería y carteles para vecinos del barrio.
Una editorial independiente de ensayo pidió una familia de cubiertas para tres volúmenes. Ahí se definió la retícula de cubierta que después se reutilizó en otros encargos: jerarquía tipográfica fija, variación cromática por tomo y fotografía en blanco y negro. Se aprendió a negociar con imprentas offset y a entregar PDF/X sin sorpresas.
La Retícula llegó con nombre pero sin sistema visual. Se armó una retícula de tres pesos, dos tintas sobre papel hueso y un set de bolsas para grano, molido y repostería. Las pruebas se hicieron en dos papeles mate distintos para verificar cómo se comportaba el bermellón bajo luz cálida de vitrina.
Varios estudios de arquitectura y diseño de interiores empezaron a pedir no solo logotipo, sino reglas claras para usar la identidad en planos, carpetas y presentaciones. Se estandarizó un formato de manual que incluye aplicaciones, restricciones de uso y archivos AI y SVG listos para proveedores locales.
Colaboraciones con espacios independientes, ferias de libro y ciclos de lectura obligaron a pensar la identidad en formatos efímeros: lonas, señalética, programas de mano. Cada pieza se probó en risografía o serigrafía antes de mandarla a producción, porque el color en papel nunca es el mismo que en pantalla.
Hoy el estudio combina proyectos cerrados con acompañamiento continuo para marcas que publican o cambian catálogo cada temporada. Las entregas siguen siendo las mismas: PDF, AI y SVG, con sesiones de revisión en línea y una carpeta ordenada por aplicación. La investigación de contexto sigue siendo el primer paso, sin excepción.
Define el rumbo visual de cada proyecto: retícula, jerarquía tipográfica y paleta cromática. Antes de aprobar una propuesta, revisa cómo se comporta el logotipo en papel mate, en vitrina y en pantalla. Coordina las sesiones de revisión en línea con el cliente y firma los manuales de marca.
Se encarga de portadas, interiores y colecciones para editoriales pequeñas. Trabaja con retículas de cubierta, especificaciones de lomo y solapa, y archivos PDF/X listos para offset. Suele probar cada propuesta en dos papeles distintos antes de cerrar el arte final.
Desarrolla sistemas de identidad para cafeterías de especialidad y marcas de producto. Le interesa cómo se ve una etiqueta de lote sobre papel hueso, cómo resiste el bermellón en risografía y qué tan claro queda el nombre en un empaque pequeño. Entrega archivos AI y SVG para proveedores locales.
Revisa pruebas de color, ajusta separaciones y acompaña la impresión final. Habla con talleres de offset, risografía y digital para verificar que el archivo llegue bien y que el resultado coincida con lo aprobado. También prepara las versiones digitales cuando la marca necesita piezas para web.