Cuaderno de estudio
Publicado el 14 de marzo de 2025 · Lectura de 6 minutos · Andrea Torres Ruiz
La primera llamada con un estudio de diseño no es una entrevista ni una presentación de ventas. Es una conversación donde ambas partes intentan averiguar si el proyecto tiene sentido. Llegan mejor quienes traen material concreto, aunque sea desordenado: capturas de marcas que les gustan, un cuaderno con bocetos, fotos del local, el nombre ya decidido o todavía en duda. Eso permite hablar de tipografía, de paleta y de soportes en lugar de quedarse en generalidades.
Antes de agendar, conviene tener claro tres cosas. Primero, qué existe hoy: si hay un logotipo viejo, una cuenta de redes activa, empaque ya impreso o ningún antecedente visual. Segundo, dónde se va a usar la identidad: vitrina, etiqueta de producto, portada de libro, menú impreso, firma de correo. Tercero, qué decisión depende de esta identidad y para cuándo. Un proyecto editorial que entra a imprenta en seis semanas no se planifica igual que una marca que recién empieza a venderse en un mercado local.
También es útil llegar con las dudas escritas. Preguntas como qué incluye un manual de marca, si conviene empezar por el logotipo o por el sistema tipográfico, o si el empaque se prueba antes de imprimir el tiraje completo. En el estudio trabajamos con pruebas de impresión sobre papel mate antes de cerrar la paleta, y eso suele cambiar decisiones que en pantalla parecían resueltas. Saber esto de antemano evita ajustes costosos después.
Si el proyecto es cultural o editorial, ayuda traer el texto o el índice aunque esté en borrador. La retícula de una portada depende del número de páginas, del formato y del tipo de encuadernación. Con esos datos sobre la mesa, la primera sesión se convierte en una conversación de trabajo y no en una ronda de preguntas genéricas.
Antes de la primera llamada
La mayoría de las consultas iniciales se resuelven en treinta o cuarenta minutos. Lo que suele alargarlas no es el proyecto en sí, sino la falta de material básico para conversar. No hace falta un brief perfecto ni un manual terminado: basta con tener claras algunas cosas del negocio y traer lo que ya exista, aunque esté a medias. Con eso se puede orientar el alcance, el tipo de entregables y el orden de trabajo sin dar vueltas.
Antes de hablar de logotipos o tipografías conviene saber si el nombre ya está decidido, si existe una razón detrás de él y en qué ciudad o mercado va a operar. Un nombre que ya está impreso en un local, en una vitrina o en redes no se trata igual que uno que todavía se puede ajustar. Si hay una historia detrás del nombre, vale la pena contarla: muchas decisiones tipográficas salen de ahí.
No hace falta armar un tablero curado. Con tres o cuatro imágenes que te gusten y dos o tres que no soportes ya se entiende bastante. Las referencias de otros sectores suelen ser más útiles que las del propio: una portada de libro, un empaque de té, una señalética de museo. Lo que se busca no es copiar, sino ubicar el registro: si el proyecto va hacia lo sobrio, lo cálido o lo más gráfico.
Una marca que vive solo en pantalla no necesita las mismas pruebas que una que va a imprimirse en papel mate, en etiquetas de lote o en un menú plastificado. Conviene listar los soportes reales: empaque, papelería, redes, señalética, portadas. Esa lista cambia el alcance del proyecto y también el tipo de archivos finales que vas a necesitar, ya sea PDF para imprenta o SVG para uso digital.
Si hay un logotipo previo, una paleta en uso o un sistema tipográfico a medias, tráelo aunque no te convenza. Saber qué se quiere mantener y qué se quiere dejar atrás ahorra una ronda completa de propuestas. A veces el problema no es el logotipo sino la falta de reglas: colores que se usan distinto en cada pieza, tipografías mezcladas sin criterio. Eso también es información útil.
Una apertura, una feria, una impresión ya pactada con un proveedor. Si hay una fecha límite real, conviene decirla desde el inicio para ordenar el calendario. También ayuda saber si el proyecto se va a resolver por entregas cerradas o por acompañamiento mensual, porque eso define la frecuencia de las sesiones de revisión y el ritmo de las pruebas de impresión.
En proyectos pequeños suele haber una sola persona al frente, pero en editoriales, cafeterías o proyectos culturales a veces hay socios, comités o curadurías. Saber de antemano quién aprueba y quién solo comenta evita retrabajos. No es lo mismo una revisión con una persona que con cuatro, y el número de rondas cambia según cómo esté armado el equipo.
Con estos seis puntos sobre la mesa, la primera llamada se convierte en una conversación concreta: se define el alcance, se acuerdan los entregables y se agenda la siguiente sesión. Si algo de esto todavía no está claro, no es obstáculo. Muchas veces la propia consulta sirve para ordenarlo.
Puedes escribir a info@studiodimagrimento.com o llamar al +52 52 8356 1574. Respondemos en horario laboral y, si la consulta necesita más detalle, te compartimos el enlace a la sección de preguntas frecuentes para revisar dudas comunes antes de la cita.
Dirección de arte e identidad visual
Para la primera consulta conviene enviar el brief con antelación: nombre del proyecto, tipo de marca, si habrá impresión y qué piezas necesitas cubrir. Con eso la llamada se aprovecha en decisiones y no en presentaciones.
Antes de hablar de logotipos o de retículas, la conversación inicial rinde más si llega con material concreto. No hace falta un brief terminado, pero sí referencias reales: fotos del local, menús actuales, empaques que ya usan, capturas de cómo se ven hoy en redes. Con eso se puede discutir tipografía, paleta y soportes sin quedarse en lo abstracto.
Reúne lo que ya existe: logo previo aunque no te guste, tarjetas viejas, etiquetas, portadas de catálogos. Si el proyecto es editorial, dos o tres libros de referencia que te gusten por cómo están armados. Si es cafetería, una foto del mostrador y del empaque de grano. Ese material evita adivinar y acorta la primera sesión.
Vale la pena anotar dónde va a vivir la marca: vitrina, bolsa de papel, etiqueta de lote, cubierta de libro, firma de correo. Cada soporte impone restricciones distintas de tamaño, tinta y papel. Saber si habrá impresión offset, risografía o solo digital cambia decisiones de color y de detalle tipográfico desde el inicio.
Trae dos o tres referencias visuales con una razón concreta: "me gusta cómo resuelve la jerarquía", "quiero ese tono de azul tinta". También sirve decir qué no quieres ver. Los límites claros, aunque sean pocos, ordenan la exploración y evitan propuestas que se descartan por razones que nunca se mencionaron.
Conviene tener una idea de fechas: cuándo necesitas la identidad lista, si hay una apertura, una feria del libro o un lanzamiento. Y qué archivos vas a necesitar al final: PDF para imprenta, AI editable, SVG para web. Definir esto antes evita rehacer entregas y ajusta el ritmo de las revisiones en línea.